Pruebas de fuerza: lucha libre en aceite

Digámoslo sin miedo: ante una esfera, el mundo es una gigantesca conversación que no cesa. No nos sentimos incómodos con los clichés del holismo o el efecto mariposa; es una coincidencia, sin embargo, que existamos (somos, actuamos, nos comunicamos) y que el mundo, lógicamente, reaccione ante nosotros. Y es un mundo interconectado y acelerado, ese que hoy en día se encuentra al otro lado del hilo. Más que una conversación, un archivo de conversaciones reproducidas simultáneamente: el deporte responde al arte, la religión y la historia de costumbres que provienen del pasado. Discursos caóticos, políglotas, vías de malentendidos y cortocircuitos.
Fijémonos, por ejemplo, en Ben McNutt, un joven fotógrafo de Baltimore. En 2015 se dirigió al mundo con una serie fotográfica dedicada a su gran obsesión personal: la lucha libre. Las fotos se detienen en los forcejeos, en las extremidades y el tórax, en los uniformes de licra de los atletas. Un tipo de lucha que es fuerte e inequivocadamente homoerótico. El mundo del arte responde celebrándolo, seguidores y puristas de la disciplina, clamando con violencia. Una reacción prevista, quizá: según el artista, su propósito es, en cierta medida, provocar el despertar de la propia lucha, sacar a la luz la ambigüedad oculta de un deporte tradicionalmente conservador, sobrecargado de heteronormatividad y nacionalismo.
Dos años más tarde, Ben McNutt volvió a salir a escena. Estuvo en Edirne, Turquía, entre Estambul y la frontera griega, donde fotografió, para la revista Vogue, los juegos de verano de Kirkpinar, el principal torneo de lucha en aceite.
El combate en aceite
Entre los altos penachos de hierba del estadio se divisan quince divisiones de hombres bien plantados, fortalecidos por los entrenamientos espartanos y los litros de leche, la miel y los huevos crudos ingeridos durante los meses de preparación. Son los pehlivanes o "guerreros" de las Yagli Gures, un deporte nacional turco cuyos orígenes se remontan en el tiempo: ya en 1346 el Kirkpinar atraía a multitud de visitantes, en una Edirne que pronto sería la capital del Imperio Otomano, e incluso algunos ubican las primeras celebraciones de las Yagli Gures en Egipto, cuatro milenos antes.
Se nos olvidaba. Yagli Gures significa "luchas en aceite". De hecho, los luchadores cogen una pequeña jarra de oro y se echan encima abundante aceite de oliva. Lo suficientemente abundante para empapar el tradicional kisbet, la única prenda admitida en la competición: un pantalón de cuero de búfalo a media pierna. El aceite es tan abundante que cualquier indicio de fricción se reduce inmediatamente a cero: brazos y torsos se convierten en anguilas. Es precisamente en los pliegues preaislados del kisbet donde cae el aceite; y es habitual ver cómo el pehlivan introduce su mano en el pantalón del rival para levantarlo y tumbarlo sobre su espalda, alzándose con la victoria.

Entre los altos penachos de hierba del estadio se divisan quince divisiones de hombres bien plantados, fortalecidos por los entrenamientos espartanos y los litros de leche, la miel y los huevos crudos ingeridos durante los meses de preparación. Son los pehlivanes o "guerreros" de las Yagli Gures, un deporte nacional turco cuyos orígenes se remontan en el tiempo: ya en 1346 el Kirkpinar atraía a multitud de visitantes, en una Edirne que pronto sería la capital del Imperio Otomano, e incluso algunos ubican las primeras celebraciones de las Yagli Gures en Egipto, cuatro milenos antes.
Se nos olvidaba. Yagli Gures significa "luchas en aceite". De hecho, los luchadores cogen una pequeña jarra de oro y se echan encima abundante aceite de oliva. Lo suficientemente abundante para empapar el tradicional kisbet, la única prenda admitida en la competición: un pantalón de cuero de búfalo a media pierna. El aceite es tan abundante que cualquier indicio de fricción se reduce inmediatamente a cero: brazos y torsos se convierten en anguilas. Es precisamente en los pliegues preaislados del kisbet donde cae el aceite; y es habitual ver cómo el pehlivan introduce su mano en el pantalón del rival para levantarlo y tumbarlo sobre su espalda, alzándose con la victoria.

Los encuentros están precedidos de un sacrificio halal e interrumpidos por las oraciones diarias a La Meca, que tienen lugar en grupos de diez, uno junto al otro, en un estadio macerado por el sol. Un encuentro puede durar hasta cuarenta minutos.
McNutt se centra en los pehlivanes más jóvenes y nos los retrata con el mismo erotismo nervioso que reflejan las criaturas de Pasolini. Son fotografías hermosas, pero lo que en Turquía hubiera sido un gesto indudablemente iconoclasta se difumina con el contexto y la latitud: expresadas en América, desde una cómoda distancia, las conclusiones de McNutt les recuerda a las de un comentarista irónico común de un foro, de forma que una mano en el pantalón del rival masculino ya es prueba de una descarada homosexualidad. Sin olvidar que una audiencia de gays ha llegado a esta misma conclusión hace mucho tiempo y con total autonomía: subiendo vídeos de los torneos a sus sitios de luz roja.
Turquía frente a Irán
Por otro lado, también está el hecho de que las Yagli Gures no son tan conservadoras. Hablemos de otra antiquísima conversación: entre Turquía y la vecina Irán, que hoy podríamos resumir en el dialogo animado entre los islamistas sunitas y chiitas (dos corrientes unidas por los fundamentos, pero divididas por la importancia atribuida al imán y el ayatolá, divinizado por la Irán chiita [notas del autor]). Incluso cuando hablan de deporte, ambos países están en desacuerdo. Turquía se considera demasiado progresista, por la cantidad de carne visible y su tolerancia con el Sumo: hace unos años, en el Kirkpinar, Turquía recibió a una delegación de una desnudez aún más embarazosa.
En Irán es diferente. Tal como nos recuerda el ensayo Muslim Bodies (LIT Verlag, 2015), tras la Revolución Islámica de 1979, Irán volvió a abrazar la línea dura en lo referente a los uniformes, incluso con un toque de neopuritanismo. ¿Dónde está escrito, por ejemplo, que los deportistas masculinos deban cubrirse con una camiseta? La norma prohíbe mostrar muslos y rodillas (si bien los futbolistas y nadadores a menudo la ignoran). Incluso entre la realidad y el dogma la conversación es difícil, y, sin embargo, en Irán, los hombres del Zurkhanen (la Casa de la Fuerza) abrazan arcos y escudos en lo que alguien ha denominado, sin demasiados giros lingüísticos, distracción estética, hecha con pantalones tradicionales y camisetas ultra modernas. La cintura es un paso espacio-temporal.
Y, sin embargo, si El Corán y las normativas no hablan de esto, ¿qué motivos hay detrás de esta rigidez? Muslim Bodies cita las palabras del antropólogo indio Arjun Appadurai, que propone una hipótesis sugestiva: ¿y si la responsabilidad (no diremos culpa) fuera indirectamente nuestra, de un mundo occidental poco consciente y de una cultura de musculación que, desde los 80, ha ensalzado la estética del torso masculino? Es posible que no haya una sola respuesta. Después de todo, vivimos en una gigantesca conversación en evolución; los nuevos placeres de una parte del mundo se han convertido en los placeres desvergonzados, igualmente nuevos, del otro lado. La estética del machote, un trajín de enmascaramiento muscular, hubiera hecho que los iraníes se sintieran de repente desnudos y obscenos.
Ben McNutt fue claro: la lucha libre es su inspiración y no tiene ninguna intención de abandonarla. Las Yagli Gures, por otro lado, continúan en su ruta de relativa iluminación, con una placa de la UNESCO y una petición internacional lista para convertirse en turismo. ¿Ya han ojeado las páginas del Vogue del pasado octubre, en Edirne? Lo ignoramos. El final está en el aire. Y la conversación continúa, y siempre se escapa de las manos: igual que un pehlivan demasiado aceitoso.

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